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日志


8月26日

Bienaventurados

Bienaventurados sean los pacientes
que, sin adelantar las manecillas del reloj,
esperan el futuro sin precipitar el presente.

Desventurado Yo, impaciente
que, contando cada minuto,
no veo la hora de volver a verte.   
 
                                            Jose Moya
1月2日

Lágrimas de carbón

 

Sacó un pañuelo de tela y, pasándolo sobre la piedra, le quitó el polvo para poder sentarse sin mancharse la falda.

Allí había llorado por última vez, y desde entonces iba cada día a sentarse en la roca, mirando a la entrada de la mina. 

Mientras, su nieto, Alejandro, se divertía tirando piedras a los viejos vagones y dibujando en ellos con pequeños trozos de carbón que había esparcidos por el suelo.

  

**************

 

Fue un mañana de Diciembre, cuando estaba sacando los adornos de Navidad para decorar la casa. Una vecina, también madre de un minero, vino a buscarla para avisarle del derrumbe. 

Calmándose a sí misma y a su vecina, llegaron hasta la entrada de la mina, donde se concentraba un gran número de trabajadores. Nadie quería predecir nada, todos callaban. Sólo pudo saber que, efectivamente, había sido la galería donde trabajaban Héctor, su hijo, y Pelayo, el hijo de su amiga.

 A las pocas horas, el silencio se transformó en gritos de sindicalistas, protestando por la precariedad y la falta de seguridad en el trabajo.

  

 Mientras, Rosa permanecía sentada en la piedra, rezando todo aquello que había aprendido desde pequeña, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

  

Su tranquilidad se turbó al volverse todo silencio absoluto. Se levantó de un salto y dirigió sus ojos hacia la entrada de la mina. Nadie hablaba, todos estaban concentrados en ver quién salía por su propio pie.

  

Rosa buscó caras conocidas entre los mineros. Y reconoció a Pelayo, que corrió a abrazar a su mujer y a su madre.

 

 Rosa intentó acercársele para preguntarle por Héctor, pero antes de que pudiera llegar a él, la miró con los ojos llenos de lágrimas. Y sin que le dijera ninguna palabra, Rosa entendió lo que le estaba anunciando el amigo de infancia de su hijo.

 

Lloró durante muchos meses. Lloró tanto que se le acabaron las lágrimas.

Ni siquiera pudo llorar cuatro años después cuando su marido, minero prejubilado, murió debido a una grave enfermedad pulmonar que lo había ido consumiendo en la mina.

  

***************

 

Rosa se levantó de la piedra y cogió la mano la mano de su nieto. Lo miró con los ojos llenos de ternura y le dijo:

- Vámonos  Alejandro, que vamos a decorar la casa para Navidades, con unos adornos muy bonitos que llevan siete años guardados en el armario, y se van a poner feos y viejos de no usarlos.

 

 

 

                                                                                                                                         Jose Moya

8月27日

Despertar con Eva

 

Iván cerró los ojos y volvió a imaginar a Eva. Estaba preciosa, como la noche en que la conoció, con aquel espectacular vestido verde.

 

Más tiempo juntos”, le había pedido ella la noche anterior. Iván sabía que era difícil complacer su deseo, pero estaba dispuesto a cualquier cosa por no perderla. Era lo único importante que había tenido en su vida y no pasaba por su cabeza la idea de renunciar a ella.

 

Eva no soportaba que sólo pudieran verse algunas noches y si acaso algún ratito después de comer o contados Domingos por la mañana. E Iván se moría por complacerla.

 

El estruendoso ruido del viejo remolque de un camión al pasar bajo sus pies le sacó de sus pensamientos y le hizo abrir los ojos . Estaba decidido a dar el paso. Si todo salía como tenía previsto, podría estar para siempre con Eva. Si no, todo habría acabado. Pero valía la pena intentarlo.

 

Sintió un poco de miedo, siempre había sido un chico tímido e indeciso, y vaciló un momento, mientras observaba los coches que pasaban por la autovía, tratando de darse un poco de tiempo. Pero la imagen de Eva pesaba demasiado en su mente.

 

Inclinó su cuerpo hacia adelante, y lo dejó caer desde el puente, buscando un estado de coma que le permitiera estar para siempre con una chica que sólo existía en sus sueños.

 

 

                                                                                                      Jose Moya

8月16日

Insomnio

 

Está preciosa, como cada noche. Ya no sé si es la Luna quien no me deja dormir cuando está  llena, para que pueda observarla iluminada por su luz. O tal vez sea que me acompaña en mis noches de insomnio para iluminar su rostro a través de la ventana y convertir la falta de sueño en un placer.

 

Hoy se ha dormido agarrada a mi brazo. Le gusta mucho hacerlo, pero últimamente y, debido al calor, suele darse la vuelta y dormir de espaldas a mí, aunque nunca falta un pie que se enrede entre mis piernas para no perder del todo el contacto.

Pero hoy sigue aferrada a mi brazo, como si tuviese miedo a que se lo quitaran.

 

Me he levantado a beber un poco de agua, con mucho cuidado de no turbar su sueño.

Antes de volver a acostarme, me he detenido a observar todo su cuerpo. Está desnudo, cubierto con una sábana que deja adivinar sus curvas. Sus pechos. Sus muslos. Es como una diosa de mármol inmortalizada por Fidias, una obra de arte que, expuesta en cualquier museo, atacaría la lascivia de sus visitantes, quedando en su memoria para siempre, como una dulce maldición.

 

Me he vuelto a acostar a su lado y he besado levemente sus labios. Y ella me ha sonreído. Su rostro muestra la seguridad de quien se siente amado, y ha vuelto a coger mi brazo con fuerza. Cuando despierte por la mañana no recordará nada, pero ahora estoy seguro de que no me dejará nunca.

 

 

                                                                                          Jose Moya

4月28日

Marisco pasado

 

El radio-despertador sonó cuando aún faltaban horas para que amaneciera. Ana habría preferido no tener que levantarse aquella mañana. Sólo el “Help” de los Beatles que el locutor había escogido para despertarla logró arrancarla del amasijo de sábanas.

 Rafa seguía allí. Sudoroso. Jadeante. Ana se había acostumbrado a dormir con esos quejidos de quien vive postrado en una cama. Había aprendido a comprender las indescifrables y escasas palabras de su marido, que apenas salía de la habitación para ir al baño. Era un hombre enterrado en vida. Aunque ya apenas era hombre, ni era vida lo que le quedaba. Ya no quedaba nada de aquel chico trabajador y vigoroso al que todas sus vecinas querían como yerno, y al que cualquier banco, sin dudarlo, habría concedido una hipoteca.

La noche anterior habían llamado a Ana. “Será un día de buena recogida” , le dijeron. No podía perder esa oportunidad. El dinero no sobraba, más bien faltaba, y Ana se puso en marcha hacia la plaza donde el bus recogía a las mariscadoras para llevarlas a la costa.

 De camino a la playa Ana intentó dormir apoyando la cabeza en el cristal, pero a esas horas pasaban ya demasiadas cosas por su mente como para conciliar media hora de sueño. Dentro del bus solo se oía el balbuceo de una mujer muy mayor rezando el rosario, sin poner mucha atención a sus propias oraciones recitadas de memoria. Los baches de la maltrecha carretera hacían resentirse a Ana de sus dolores de cintura y espalda, apoyada en ese incomodísimo asiento de madera.

Ana estaba más delgada que nunca. Sus húmedos ojos sobresalían sobre sus hundidos pómulos, aderezados con unas ojeras perennes. Había alcanzado una vejez prematura acentuada por las arrugas que las continuas depresiones habían dejado en su piel erosionándola poco a poco.

En la mochila, lo de siempre, un poco de arroz hervido con un poquito de ajo para darle sabor, a lo que su estómago se había acostumbrado. De vez en cuando, Lola, la de la tienda de ultramarinos, le regalaba una lata de atún y una manzana, que Ana aceptaba a cambio de aguantar comentarios como “ya te lo dije” o “no debiste casarte con ese”. De buena gana hubiera rechazado los ofrecimientos. Pero en la lucha interior el hambre era un ejército contra el que nada podía hacer el orgullo. Y hacía ya tiempo que Ana lo sabía.

En la playa no hay amigos. Nadie mira a nadie. Las mujeres, de avanzada edad la mayoría, andan con sus vestidos remangados para evitar inútilmente que estos se mojen. Tienen los huesos entumecidos de realizar la misma tarea desde niñas. Casi no recuerdan haber jugado de pequeñas, y si escarban en su memoria en busca de su niñez, se ven aprendiendo a realizar este trabajo, que empieza a ser muy minoritario. Sus nietas intentan estudiar o buscar trabajo emigrando al interior. No quieren ser esclavas del mar, como lo han sido sus madres y abuelas toda la vida. Ana no levantaba la cabeza. La mantenía gacha, con la vista fija en los mejillones que iba arrancando de la roca y echando al cubo. Un delicioso manjar que no probaba desde los felices días en que pasaba la Nochebuena en casa de sus padres, con una mesa llena de comida, sin grandes alardes ni lujos, pero que llenaban con ilusión y orgullo después de unas semanas ajustando el poco dinero ganado para poder darse este pequeño homenaje. Un delicioso manjar que recogía para otros. Un delicioso manjar que Rafa nunca le proporcionó.

Deslizaba sus pies sobre la arena del fondo, evitando la posibilidad de pisar algún erizo, abundantes en las zonas cercanas a las rocas. La mañana pasaba lenta, y Ana echaba mano de su memoria para hacerla más llevadera. Se le ponía una casi imperceptible sonrisa en la boca al recordar a su madre mariscando mientras ella hacía castillos de arena en la orilla, que apenas se mantenían en pie. Recordaba a su madre enseñándole a mariscar los días de marea más baja. Recordaba la muñeca que se compró con el dinero ganado en su primera semana de trabajo, y lo poco que pudo jugar con ella. Pensaba en su hermana, tan bien casada con un médico, con unos estupendos hijos dignos de cualquier anuncio de la campaña de juguetes de Reyes, que se había ido a vivir sus lujos a Madrid olvidándose no sólo de la miseria, si no también de la familia que quedaba en la aldea: Ana. De vez en cuando sus pensamientos se veían rotos por el dolor de la afiladísima concha de un mejillón cortando su guante e hiriéndole la mano, algo habitual en este trabajo. Sus manos estaban llenas heridas. Heridas que cicatrizaban con el agua del mar, al contrario de las que tenía en el alma, que ni siquiera el vodka había conseguido cicatrizar.

La vuelta a casa era siempre igual. Ana, derrotada por el cansancio, se quedaba dormida asiendo con fuerza su mochila en la que había escondido un puñado de berberechos para casi regalar a algún vecino adinerado, que nunca le pagaba más de la mitad de su valor, argumentando que ya le hacía un favor comprándole mercancía robada. El arte de sentirse piadoso. Durante el trayecto a veces incluso llegaba a soñar. Nunca recordaba esos sueños, aunque a menudo despertaba con una sonrisa inocente. Lo que le hacía despertar era el murmullo de sus compañeras de viaje cuando el bus llegaba a la aldea y comenzaban a bajar sus bolsas de los maleteros. Ana era siempre la última en bajarse del antiquísimo bus, regalado a la cofradía por el ayuntamiento de una ciudad cercana, y que hacía ya bastantes años que había sido relevado por otros más modernos con asientos tapizados, para satisfacer las necesidades de los exigentes habitantes de la gran ciudad.

Tras tomarse un café fiado en el bar de Venancio y una visita al Portugués, hombre de mala reputación tan temido como odiado en la aldea, se dirigió a casa. El portal estaba muy frío y se echaban de menos las voces de los niños de la vecina corriendo por las escaleras para ir a jugar a la pelota. El mármol de los escalones había perdido su fijación y hacía ruido a cada paso que daba la mariscadora. No había dinero para repararlos. Ni los escalones ni los desconchones de las paredes, en los que Ana se entretenía adivinando formas animales. Al entrar a casa, Ana se sobresaltó. No por ningún ruido fuerte, al contrario, por el silencio absoluto. No oía la fuerte respiración ni los quejidos de Rafa. Corrió a la habitación y se detuvo a los pies de la cama. Rafa seguía tumbado en la misma postura, aunque ahora su piel estaba más pálida que nunca. Su vientre no se hinchaba para respirar. No se oía el aire saliendo con dificultad por su nariz. No sudaba. Ana tomó su mano: estaba helada. Ana quiso llorar pero no pudo. Quiso sentirse aliviada, pero tampoco fue capaz. Las sensaciones se alternaban en su cabeza. No era capaz de estar triste porque lo llevaba esperando mucho tiempo. El descanso para ella y el fin de la agonía para él. Pero esos mismos pensamientos avivaban cierta culpabilidad. No serviría de nada estar contenta. No serviría de nada llorar. No serviría de nada el último gramo de heroína que llevaba para Rafa.

                                                                                       

                                                                                                              Jose Moya

1er premio III certamen de relato corto Uned Plasencia  (2003)

Último acto (a los grandes talentos desconocidos)

Jerzy se había quedado maravillado por la actuación de aquel grupo de teatro en plena calle. Apenas hubo terminado la representación, se acercó al chico que pasaba la gorra.

-¡Felicidades! - dijo -. Sois realmente buenos. El chico sonrió agradecido, en parte por la felicitación, en parte por las monedas que Jerzy, el catedrático en Literatura, había depositado en la gorra.

- La obra también es muy buena. ¿Es vuestra?

- No, encontramos el manuscrito en una tienda de libros de segunda mano, en Varsovia hace unos años. “El cartero de Danzig”. La escribió un tal Jan Wojcik. Nos gustó y la añadimos a nuestro repertorio.

- Jan Wojcik… nunca oí hablar de ese escritor.

******************

Ya desde pequeño Jan solía colarse en el Teatro, mezclándose entre los adultos que hacían cola para entrar, donde su pequeño y delgado cuerpo quedaba totalmente fuera del alcance de la vista de los empleados del edificio. Después se metía en un viejo almacén situado bajo los palcos y allí, rodeado de todo tipo de atrezzo, veía la función a través de un agujero que había quedado en la pared de madera tras ser traspasada por un proyectil durante la ocupación de Polonia por las tropas alemanas. Allí pasaba las horas sin que su abuelo, con el que vivía, se preocupara por su ausencia, en ocasiones hasta altas horas de la madrugada. Allí nació su desmesurada pasión por el teatro en todos sus géneros. Allí se enamoró en secreto de una actriz francesa a la que nunca se atrevió a acercarse. Allí aprendió a evadirse de la realidad metiéndose en un mundo lleno de reyes, princesas, bufones, caballeros, espectros, duendes, hadas, amores y traiciones.

Ahora Jan era un joven cercano a los 30 años que trabajaba en el teatro. Ayudaba a las compañías a colocar decorados, acomodaba a los espectadores y se quedaba vigilando el edificio algunas noches. Era un chico muy introvertido, no hablaba más que lo preciso en cuestiones de trabajo. Su timidez era casi patológica. Tal vez tuviera algo que ver la muerte de sus padres, durante la defensa del edificio de Correos de Danzig ante los nazis cuando apenas era un crío.

Vivía en una vieja casa heredada a la muerte de su abuelo. No tenía adornos. Los muebles estaban totalmente repletos de libros, todos ellos de obras de teatro. Desde las más grandes obras de Shakespeare y Moliére hasta pequeños manuscritos de pequeñas compañías de pueblo que habían pasado por allí y que él mismo había transcrito mientras veía las funciones. Incluso en alguna ocasión se había aventurado a escribir algún en tremés. Su obra favorita se titulaba “El cartero de Danzig”, dedicada a su difunto padre, antiguo funcionario del correo polaco.

Apenas salía de casa más que para ir al trabajo. No tenía amigos. Ni los necesitaba. Todo cuanto necesitaba estaba perfectamente archivado en su improvisada biblioteca. El salón estaba completamente vacío. Jan lo había convertido en su particular escenario. Allí se pasaba horas interpretando él solo sus obras favoritas. Conocía de memoria todos y cada uno de los papeles. Gritaba, vociferaba, lloraba, correteaba… con tal pasión que llegaba a sentir que realmente era Tartufo, Macbeth, Hamlet, o el moro de Venecia. Sus gritos se oían por toda la calle.

- Wojcik el loco- , decían sus vecinos.

–Pobre chico. Se le fue la cabeza al quedar huérfano.

Incluso algunos niños habían creado una especie de leyenda urbana, algo así como un loco asesino, y apostaban canicas para ver quien era capaz de colarse en su jardín, tan frondoso y descuidado que daba al inmueble un aspecto tétrico y desolador. Jan sabía todo esto, pero no le importaba. Ni siquiera se ruborizaba cuando se asomaban con curiosidad por su ventana para ver qué ocurría dentro. Al fin y al cabo, era su único público. No podía echarlos.

Ese día Jan estaba muy triste. Se quedaba sin trabajo. Y lo peor: Se quedaba sin Teatro. La fachada del edificio parecía completamente intacta, pero su estructura no había podido soportar el paso del tiempo ni los bombardeos durante la II Guerra Mundial. El ayuntamiento ya había anunciado que no había dinero para reconstruirlo y, ante el peligro de derrumbamiento, había que echarlo abajo.

Estuvo dos semanas sin salir de casa, sin leer, sin interpretar. Se pasaba el día en cama con tal pesadumbre que incluso llegó a tener fiebre. No podía creer lo que iba a ocurrir. Toda su vida dedicada a algo que realmente amaba, y ahora todo eso iba a desaparecer. El teatro fue su madre y su padre, su amigo, su amante, y sin él su vida carecía de todo sentido. Y Jan lloró por primera vez desde la muerte de su padre.

El día de la demolición amaneció muy nublado, amenazando lluvia. Jan se levantó muy temprano y, tras abrigarse con una gabardina ocre y una bufanda de lana, se dirigió al Teatro. La zona estaba acordonada por la policía varias calles antes de llegar al edificio. La detonación sería controlada, pero prefirieron establecer una zona de seguridad. Jan no podía ver como demolían su Teatro sin despedirse de él. Aprovechó un descuido de los agentes, que no pusieron demasiado esmero en vigilar obviando que nadie iba a querer colarse allí, y se dirigió hacia el viejo edificio. No le fue difícil entrar porque no había nadie por aquellas calles, aunque sí tuvo que esconderse una vez en el interior, ya que los artificieros estaban instalando los últimos cartuchos de dinamita en los pilares y columnas principales.

Una vez salieron los operarios, Jan atravesó el pasillo que dividía en dos el patio de butacas y subió al escenario. Se quitó la gabardina y la bufanda y las dejó caer al suelo. Tenía un aspecto bastante ridículo. Una vieja casaca roja descolorida y raída, y unos pantalones bombachos que terminaban metidos por debajo de unos calcetines blancos subidos hasta las rodillas. Era su gran día, su debut. Se situó en el centro del escenario y comenzó a actuar.

Eligió ser Hamlet, un papel difícil para cualquiera, pero con el que él estaba totalmente familiarizado.

- Ser o no ser…-.

Su naturalidad actuando era asombrosa. Pero desgraciadamente no había nadie allí para verlo.

- Morir, dormir; dormir, tal vez soñar…

Afuera empezó a despejarse el cielo y los rayos de luz entraron por una ventana sin cristales de la fachada del teatro, y fueron a iluminar directamente al mejor Hamlet que jamás había actuado allí. Jan se quedó parado. La dinamita empezó a estallar. Las explosiones se sucedían una detrás de otra, y las columnas iban hundiéndose sobre sí mismas. Los cascotes de piedra golpeaban violentamente el suelo al caer. El ruido dentro del edificio era ensordecedor, pero para Jan era la gran ovación de su vida. Y se sintió feliz. Y lloró. El edificio había caído completamente y el joven actor quedó sepultado bajo sus escombros.

Nadie reclamó su cuerpo, no le quedaba familia. Todos pensaron que se habría marchado a buscar trabajo a otra ciudad, a otro teatro. Y Jan se quedó para siempre donde más le gustaba estar.

******************

El momento esperado por todos aquella noche había llegado. Los nervios se dejaban ver palpablemente en la cara de los aspirantes al galardón, sentados uno al lado del otro, con sus trajes negros y pajaritas de terciopelo.

El maestro de ceremonias abrió el sobre.

- El premio nacional de teatro es para… Jerzy Zorniak, por su obra “ El cartero de Danzig”.

El público estalló en aplausos y Jerzy, que no podía disimular la alegría en su rostro, se dirigió hacia el escenario. Recogió la placa y la levantó hacia el cielo en señal de victoria. Se acercó al atril para leer el discurso de agradecimientos que había preparado en un folio. Entonces la ovación se hizo más fuerte y cerrada y Jerzy quedó paralizado. Sintió como si los pilares del teatro se derrumbaran ante él y el edificio se viniera abajo. Pero lo que oía no era más que su derrumbe interior. Los aplausos le asustaban y le sonaban a reproches. Los focos acusadores le apuntaban a la cara y cegaban sus ojos. Sus manos empezaron a sudar. Arrugó el papel que había preparado para tal ocasión. El silencio se hizo en la sala. Agachó la cabeza avergonzado. Las lágrimas asomaron en sus ojos. Y sólo fue capaz de pronunciar dos palabras:

- Gracias, Jan…

                            

                                                                                                      Jose Moya

2º premio III certamen de relato corto "Carmen Ormaechea", Almadén (2005)