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日志


3月26日

Peonzas

 

 

 

 

Enroscaba la cuerda en su peonza con fuerza mientras miraba desafiante al resto de sus compañeros. Era el mejor tirador de peonza del barrio y los demás estaban convencidos de ello. Observaban en silencio el ritual previo al lanzamiento.

Sus rodillas flexionadas sobre el suelo asomaban bajo sus pantalones cortos, llenas de arañazos. Se apoyó para levantarse.

Todos los demás niños allí congregados le miraban desde abajo lo que acrecentaba su ego y realzaba más su condición de líder.

Alzó su mano derecha con el trompo y en un abrir y cerrar de ojos, con una fuerza arrolladora lo lanzó por los aires ante la atenta mirada de su joven público.

Aterrizó sobre el suelo manteniendo con este una perpendicularidad perfecta y se mantuvo girando durante largo tiempo mientras uno de los presentes cronometraba el baile. Pero de poco serviría su esfuerzo porque enseguida aparecía él de nuevo con la cuerda, dispuesto a alargar el espectáculo y audazmente conseguía volver a alzar el vuelo de la peonza que acababa cayendo de nuevo y continuaba su rotación perfecta cual si jamás se hubiera despegado de la tierra.

Tras varias piruetas se arrodilló colocando su pequeña mano extendida junto al trompo y éste se coló entre sus dedos, subiendo a la superficie de su mano, dibujando sus líneas mientras los demás callaban absortos. Él cerró su puño, y la peonza no tuvo más remedio que detenerse.

Se levantó y se fue.

Había creado su propia leyenda.
 
                                                                                           Bea Hernández
11月26日

Llueve

 

 

Llueve a mares y sin embargo salgo a la calle sin paraguas. Corro.

 

Las gotas de lluvia resbalan por los cristales de mis gafas nublándome la vista. Me mojo.

 

El aire que llega a mis pulmones me parece cada vez más escaso. Te veo.

 

Los vaqueros se me pegan a las piernas y empiezo a notar como se forma un charco dentro de mis zapatos. Me saludas.

 

Estoy empapado y la gota de lluvia que cuelga atrevida de mi nariz parece no querer caerse nunca. Sonrío.

 

Encojo los hombros y agacho la cabeza en un acto reflejo con la esperanza de que algún trozo de mi cuerpo permanecerá seco. Me resigno.

 

Mientras espero al otro lado de la calle te observo y me recreo en tu belleza, estás preciosa. Te deseo.

 

Aunque me siento ridículo empapado a tu lado no puedo resistirme a agarrarte por la cintura. Te beso.

 

 

                                                                                                          Bea Hernández

 

10月7日

Un té con leche

 

Cogió la caja de cerillas para encender la cocina de butano. Al tercer intento prendió la llama. Colocó la tetera sobre la hornilla y se sentó esperando a que el vapor asomase por el oxidado extremo de su pico.

Recordó entonces, entre bostezos y legañas, aquellos desayunos variados de galletas, magdalenas y tostadas, colacao y nescafé, de miradas sin palabras en las mañanas dormidas. El reloj marcaba el ritmo de toda la familia.

Ahora ya no necesitaba reloj, ni tostadas. Ya no tenía que hacer cola en la puerta del baño.

Apagó la bombona y se sirvió un poco de té con leche.

Sus arrugadas manos de anciana temblaban al llevarse la taza a la boca. Y allí quedó, desayunando sola, como siempre desde hacía quince años, desde que su marido se fue  a donde ella también esperaba marchar pronto.
7月25日

Marionetas

 

 

Era 4 de agosto en pleno centro de Málaga. El calor a esas horas de la tarde se hacía insoportable y más aún si tenía que llevar camisa y corbata. El que ella viviese en un cuarto piso sin ascensor no ayudaba en absoluto. Esperaba pacientemente en el rellano de las escaleras a que ella apareciese. Observaba incansable el reloj mientras movía el tobillo adquiriendo así un movimiento que a su vez producía un sonido irritante y repetitivo al chocar el pie con el suelo de madera.

 

Todavía me preguntaba qué hacía allí esperando en la puerta de su casa. ¿Para qué me hacía subir siempre si luego no me dejaba pasar? Jamás entendería a las mujeres y menos a esa mujer, pero mucho menos aún a la madre de esa mujer. Estaba claro de quién había heredado el mal genio.

Seguía esperando mientras las gotas de sudor resbalaban por mi frente. Tranquilamente me sentaría en las escaleras pero si me manchaba el traje antes de salir ella no me lo perdonaría; además podría aparecer su madre y verme allí sentado, en la puerta, como un pordiosero (ya la estaba oyendo), no, que va, no podía sentarme. Ni pensarlo.

Llevábamos ya dos años y medio de relación. Un tiempo que  consideraba más que prudente como para poder ser recibido en su casa sin causar ningún trauma ni nada por el estilo. Pero no, todavía estaba allí, en la puerta, tirado como un perro, sudando como un pollo y aburrido como una ostra. Sí, las mujeres, y también las suegras, tienen esa capacidad de hacerte sentir no como uno sino como tres animales al mismo tiempo y además tienen la astucia de hacerte creer que eres tú el culpable de comportarte como tal.

Pero uno se convence de que así es la vida, que el destino del hombre es ese, que no debemos llevarle la contraria porque en el fondo las necesitamos, las queremos, las deseamos, e incluso las ansiamos como se ansía el aire debajo del agua, como se necesita la luz después de un día a oscuras. Es nuestro sino, seguirlas, perseguirlas, obedecerlas, escucharlas e idolatrarlas. Tienen ese poder casi místico de hacernos babear sin siquiera pronunciar palabra. Tienen ese don de atontarnos con su presencia y convertirnos en lo que somos, marionetas sin dueño, cuerpo sin alma, barro moldeable con el que nos dan forma a su antojo.

Y como es así lo aceptamos sin rechistar porque sabemos que son verdades indiscutibles y además el sólo hecho de pensar que podría ser de otra forma nos angustia, la idea de enfrentarnos a la situación y protestar reclamando nuestros derechos nos causa confusión y nos agobia tremendamente. Pero no por el hecho de protestar, que sabemos hacerlo, ni por razonar con ella, que lo hacemos muchas veces, sino porque en el fondo estamos convencidos de que llevan razón.

Eran ya casi las siete y media y ella no salía. Un invitado no puede llegar a una boda más tarde que la novia, es de mala educación, todo el mundo lo sabe. Por lo visto todo el mundo excepto ella.

Estoicamente continué en la escalera. Ya sin mover mi tobillo ni mirar el reloj. Estaba cansado, agotado, hundido, fastidiado y… ¿Por qué no decirlo? JODIDO. Era la boda del Juanma, no de cualquier otro, sino del Juanma, mi colega Juanma el de toda la vida, el de las juergas de los jueves en la facultad, el del canuto a escondidas en el portal de casa, el que me dejó el coche antes de tener carné y que no se mosqueó demasiado cuando se lo traje abollado. Juanma, mi amigo, se casa.

Y yo mientras allí, en la escalera, solo,  con mi traje y mi corbata, deshidratándome y a punto de perderme el día más importante en la vida de mi amigo. Y ¿por qué?, por una chica. Por la odiosa costumbre que tienen las mujeres de querer ser siempre las más guapas de las fiestas.

Pero pensémoslo fríamente. ¿Realmente compensa? ¿Es estrictamente necesario perder la dignidad por una mujer? Yo no nací así, yo era alguien antes de conocerla, tenía criterio, tenía una vida, tomaba mis propias decisiones y aunque no acertase siempre era un chico feliz.

Empezaba a estar harto de esperarla, es más, empezaba a estar harto de ella. ¿Con qué derecho se hacía dueña de mi tiempo y me obligaba a estar allí? ¿Con qué derecho me privaba de asistir a la boda de mi amigo? ¿Con qué derecho me dejaba en la puerta de su casa sin dar más explicaciones de su tardanza?

Y me indigné, me sulfuré, me crispé y al final me sublevé. Di media vuelta y decidí largarme. De una vez por todas rompí la soga que me oprimía y me sentí libre, dejé de ser la marioneta en sus manos y empecé a ser yo mismo. Acababa de tomar la decisión más importante de los dos últimos años de mi vida.

Pero duró poco.

Sólo había bajado dos escalones y se oyó el pomo de la puerta. Allí estaba ella, radiante, esplendorosa, sonriente, mirándome sin adivinar lo que acababa de pasar por mi cabeza.

Y me atontó de nuevo con su presencia, y me hizo babear, y me convirtió otra vez en su marioneta.

 

 

                                                              Beatriz Hernández

7月14日

Silencio dormido

 

Aniquilaba el tiempo sin darse cuenta, las horas pasaban silenciosas ante su espasmo permanente. El paso de los días se abalanzaba sobre él, cortante, aplastante.

 

El día anterior había estado con su padre, Ezequiel, sin saber si escucharle o abandonarse a sus propios pensamientos, como hacía en multitud de ocasiones cuando recibía su visita, pero al final le escuchó. Habría sido mejor no haberlo hecho, habría sido mejor no recibir de sus labios palabras tan demoledoras.

 

Sabía que su situación no era la más deseable y que a su familia le resultaba incómodo su modo de vida, pero ni en sus peores sueños habría pensado que su padre pudiese desearle la muerte.

 

Y pensar que tan sólo dos años atrás todos eran felices…, que la vida le sonreía, que tenía amigos que le querían, un futuro prometedor, una novia encantadora…

 

Todavía muchas noches soñaba con Isabel, su gran amor. Recordaba perfectamente su pelo liso, castaño claro que caía casi deslizándose sobre su hermosa espalda, recordaba como esbozaba una sonrisa cada vez que le decía lo bonita que estaba esa noche, recordaba sus esbeltas manos que amenazaban con romperse al más leve movimiento… ¿Qué habría sido de ella?, fue desapareciendo de su vida casi sin darse cuenta y de pronto ya no estaba. Se había ido para siempre sin decir adiós, sin inventar siquiera una falsa mentira.

 

Pero Isabel no había sido la única en desaparecer. Llevaba ya muchos meses redescubriendo la soledad, habitando consigo mismo aunque con la permanente presencia de sus familiares más cercanos. Ahora pensaba que tal vez hubiese sido mejor su ausencia.

 

La pasada tarde lo había cambiado todo. Las palabras de su padre golpeaban como látigos su mente. ¿Cómo tu propio padre te puede desear la muerte? Él no había hecho nada malo.

 

A

quella noche era San Juan. Como todos los años había quedado con Paloma y Carlos, y por supuesto con Isabel, para ver las hogueras. Hacía fresco así que se puso la chaqueta de piel que le habían regalado por Reyes. Después de recoger a Isabel se dirigió a la tasca de la calle Montero Ríos donde cenaron los cuatro.

 

Poco antes de las doce pagaron la cuenta y corrieron calle arriba apurando los minutos que les faltaban para saltar las hogueras.

 

Se lo pasaron muy bien. Carlos y él bromeaban delante de las chicas amenazando saltar de espaldas mientras que ellas, conscientes de la mentira, simulaban creérselo e insistían en que no lo hicieran.

 

Pero la noche no acabó como ellos esperaban. Ya de vuelta a casa relajaron el paso, esta vez no tenían prisa por llegar. Isabel y Paloma iban delante hablando de trabajo, mientras que los hombres, algo más rezagados, se entretenían discutiendo sobre coches.

Llegaron a la esquina de Alfredo Brañas con República del Salvador y nuestro hombre se paró en la papelera para tirar una botella de agua vacía. Salió corriendo para alcanzar al resto del grupo al otro lado de la calle pero fue entonces cuando aquel Seat Ibiza le cambió la vida.

 

Ya nunca más despertó del todo. Vivió aletargado en coma profundo los dos años siguientes pero con el convencimiento de que todo aquello tendría un final feliz. Pensaba en despertar del todo un día y volver a reencontrarse con lo que había perdido, soñaba con volver a disfrutar de las cosas sencillas, con volver a sentir el tacto de las cuerdas de su guitarra, oler de nuevo el incienso de la catedral, escuchar el sonido de la lluvia sobre las calles, ver una película en el cine, volver a besarla… ya apenas recordaba aquella sensación. Deseaba en definitiva renacer para exprimir lo que antes había desaprovechado, tener la oportunidad de volver a administrar sus prioridades para no equivocarse de nuevo. Al menos eso pensaba hasta escuchar las palabras de su padre.

 

Habían sido muchas noches pendientes de su respiración, demasiadas tardes sentados junto a él sacrificando su propia existencia por otra que quizás nunca volviese a serlo. Cansados de esperar el más mínimo movimiento consciente de su hijo, cansados de vivir en un hospital abandonando todo aquello que habían construído durante años para atenderle, finalmente habían llegado al límite de sus fuerzas y habían perdido la esperanza de recuperar al que en su día había sido motivo de tantas alegrías.

 

Así, agotado y hundido, fue como Ezequiel, con el convencimiento de que nadie le escuchaba, se dirigió a su hijo y le dijo todo aquello que llevaba reprimido. Así fue como su hijo dilapidó sus ilusiones de vivir y su corazón se calló para siempre.

 

 

                    Beatriz Hernández

7月3日

Aquel vestido verde

Aquel vestido verde era la mejor opción. Llevaba ya un par de minutos revisando toda su ropa: muy formal, demasiado atrevido, muy oscuro, demasiado grueso… Definitivamente llevaría el vestido verde.

 

Enchufó la cadena de música y comenzó a desnudarse frente al espejo mientras recordaba aquella ocasión en la que él le sorprendió justo en esa posición y rodeándola con sus brazos le regaló un beso. Aquel día había sido él quien terminó de desnudarla. Acabaron los dos exhaustos en la misma cama que ahora soportaba una maraña de ropa amontonada.

 

Escogió la ropa interior blanca y se puso con cuidado las medias de verano, ese tipo de medias se rompen muy fácilmente así que debía extremar precauciones para evitar una posible carrera.

 

El vestido le sentaba estupendamente, la hacía más delgada y disimulaba el ancho de sus caderas. Pensó que tal vez aquel escote era demasiado provocativo y probó a recortarlo con un clavillo. No quería dar una impresión equivocada, lo menos indicado en su situación era dar la sensación de mujer atrevida y lanzada.

Cerró los ojos, suspiró profundamente y cambió de opinión. Sin clavillo.

Levantó la cabeza, se miró al espejo de nuevo y descubrió sus ojeras.

Aquella noche había dormido muy mal. Otra vez la imagen de Fran aparecía en sus pesadillas, pálido, inmóvil, inerte.

 

Intentó borrársela de la mente y continuar con lo que estaba haciendo, pero sus ojos se enrojecieron y una lágrima asomó entre sus pestañas para acabar resbalando por su mejilla. Corrió hacia el cuarto de baño y se lavó la cara enérgicamente. No podía llorar ahora.

 

Algo más recuperada comenzó a maquillarse. Colores poco llamativos. Labios sin perfilador, nada de rimel.

Dudó si echar sombra de ojos. Siempre se había sentido orgullosa de su mirada. Una sombra verde la favorecería muchísimo, sobre todo con aquel vestido, ella lo sabía, y sin embargo dudó. Pero al fin y al cabo tenía una cita y debía ir deslumbrante, él esperaría algo así.

 

Era una mujer deseable; tal vez no tuviese una belleza arrolladora, pero era guapa y aunque no aparentaba ser más joven irradiaba juventud tras su mirada. Además siempre había sabido sacarle partido a su físico con la vestimenta adecuada y el maquillaje perfecto. También es cierto que hacía tiempo que no prestaba atención a estas cosas. Había perdido la ilusión y salía a la calle de cualquier manera, apenas pasaba tiempo fuera de casa y se había ido acomodando en la pereza y el hastío.

 

Pero esta era una ocasión especial. Cena íntima. Así le había llamado él. Todavía no estaba segura de querer ir, pero ya había aceptado y además ese hombre le atraía, eso era indudable. Evidentemente no le quería, al menos no con el sentimiento que ella definía como cariño; sí había aprecio, intereses mutuos, cierta complicidad… y atracción física. Pero por otra parte había miedo. Miedo a no saber reaccionar, a corresponder a una caricia con un llanto, a quedarse petrificada ante el intento de besarla (sabía que habría ese intento), a volverle la cara,… A recordar.

 

Extendió a la perfección la sombra de ojos y comenzó a peinarse.

A Fran le gustaba que llevase el pelo recogido, le encantaba besarla en el cuello.

“Ay mi amor, sin ti no entiendo el despertar, ay mi amor sin ti mi cama es ancha…”

Desenchufó la radio. Volvió a suspirar y su mente retrocedió en el tiempo unos segundos.

Se recogió el pelo y practicó un par de sonrisas ante el espejo. Buscó unos pendientes pequeños pero brillantes.

 

Calzó sus sandalias blancas de tacón a juego con un diminuto bolso en el que introdujo un paquete de pañuelos de papel, las llaves, y el monedero.

Ya preparada se volvió hacia el espejo. Se miró y se vio guapa. Se sintió preparada y comenzó su camino hacia la puerta.

Agarró el picaporte y se detuvo un instante.

Volvió a su cuarto y se sentó sobre la cama. Cabizbaja, con la mirada fija y expresión triste comenzó a quitarse las dos alianzas que lucía en su mano derecha. Cerró los ojos y besó con fuerza una de ellas.

 

-Te querré siempre, Fran- susurró.

 

Guardó las alianzas en un cajón y se dispuso a comenzar su nueva vida.

 

                                                       Beatriz Hernández